La Fiesta Jíbara de Charcas: una oda al Jíbaro y la cultura puertorriqueña
- cronicaeltesoro
- Dec 26, 2025
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Quebradillas, Puerto Rico - En el barrio Charcas, en Quebradillas, entre montañas de piedra caliza y caminos que obligan a entrar y salir por la misma ruta, nació una de las manifestaciones culturales más auténticas y significativas del país: la Fiesta Jíbara de Charcas. No fue concebida como un festival multitudinario ni como un evento turístico, sino como un acto íntimo de memoria, comunidad y gratitud, impulsado por la familia Laboy Moctezuma.
La historia de esta celebración está profundamente ligada a la vida de la familia. Hijos de Saturnino Laboy, conocido en el barrio como Don Tuno, y de Catalina Moctezuma, Justa e Isaac Laboy Moctezuma, junto a sus 10 hermanos y hermanas, crecieron en un hogar donde el trabajo agrícola era parte esencial de la cotidianidad. Sembrar, ordeñar, recoger la cosecha y compartir los alimentos con vecinos no era una obligación impuesta, sino una forma natural de vivir y sobrevivir en comunidad. Aunque desde afuera muchos los consideraban “pobres”, ellos recuerdan esa vida como una de abundancia: abundancia de comida, de valores, de solidaridad y de amor.

De esa visión nace la Fiesta Jíbara. Alrededor del año 2007, tras el paso de la tormenta Olga que dejó intensas lluvias en la zona, un grupo de vecinos decidió reunirse de manera sencilla en una esquina del barrio. Vestidos de jíbaro, colocaron una olla de arroz con gandules y asaron un lechón a la vara, como se hacía antes. Invitaron a los vecinos sin imaginar que aquel gesto espontáneo marcaría el inicio de una tradición que transformaría el barrio y resonaría en todo el país.
Desde entonces, la Fiesta Jíbara de Charcas sigue un ritmo que honra las costumbres antiguas. La festividad comienza de madrugada, con una parranda que se lleva a la casa escogida ese año, despertando al vecindario con música típica mientras la comunidad se une al son de la plena. Al regresar, ya el café está colado, el pan listo y el fuego encendido. Mientras algunos afinan instrumentos y otros organizan el espacio, comienza una de las labores más importantes del día: la cocina.
Las mujeres de Charcas ocupan un lugar esencial en esta celebración. Desde tempranas horas de la mañana, coordinan, calculan, organizan y cocinan cantidades enormes de comida que luego se regala al público. Arroz con gandules, carnes, viandas y otros platos tradicionales se preparan en grandes ollas, en varias tandas, con una precisión que solo da la experiencia y el compromiso colectivo. No se trata solo de cocinar; se trata de alimentar a miles desde el amor, la organización y el sentido de comunidad. Sin ese trabajo —constante, intenso y muchas veces invisible— la Fiesta Jíbara simplemente no existiría.
Mientras la comida se prepara, la música comienza a sonar desde temprano y se extiende durante horas. En distintos puntos del barrio se asan lechones, cada uno cuidado por las familias que los donan y los vigilan, reafirmando el carácter comunitario del evento. Nada se vende. Todo se comparte.
Uno de los momentos más simbólicos de la fiesta es la colocación de la gran bandera de Puerto Rico, una imagen que ya es parte inseparable de la identidad del festival. Esa labor recae, año tras año, en Juan Jose Medina “Juanjo”, quien se encarga de montar la bandera en lo alto, tendida entre mogotes, para que ondee sobre toda la actividad. La bandera no es un adorno: es un acto de afirmación, de identidad y de memoria. Verla flotar sobre Charcas es un recordatorio de que esta fiesta también es un gesto de resistencia cultural y amor profundo por el país.

En uno de los primeros encuentros de esta fiesta, un grupo de niños logró sacar un tronco pesado de un hoyo usando solo una soga y fuerza colectiva, ante la mirada de quienes dudaban que fuera posible. Esa escena se convirtió en símbolo de lo que representa la Fiesta Jíbara de Charcas: la confirmación de que la unión comunitaria es una fuerza real y transformadora.
Con el tiempo, la celebración trascendió el barrio. Lo que comenzó como un compartir, entre vecinos hoy convoca a miles de personas de distintos puntos de Puerto Rico, al punto de llenar por completo un barrio donde residen apenas unas pocas centenas de habitantes. Aun así, la esencia no ha cambiado. La comida no se vende: se regala. Todo es donado. Desde el arroz y los gandules hasta los lechones, el pan, el café y el ron caña, cada elemento nace del esfuerzo colectivo, coordinado principalmente por las mujeres del barrio, quienes organizan, calculan y preparan cantidades suficientes para alimentar a multitudes.
La Fiesta Jíbara de Charcas también funciona como un acto de justicia histórica. Durante generaciones, la palabra “jíbaro” fue utilizada de manera despectiva. En Charcas, ese término fue resignificado. Hoy ser jíbaro es motivo de orgullo. Es sinónimo de dignidad, nobleza, sensibilidad y amor por la tierra. La fiesta no presenta al jíbaro como una estampa del pasado, sino como una identidad viva, dinámica y profundamente vigente.
Elementos como las casitas jíbaras, la música típica, las parrandas desde la madrugada y la presencia constante de la bandera de Puerto Rico refuerzan ese mensaje. Nada responde a un afán comercial; todo responde al concepto original de fiesta: abrir la casa, compartir lo que se tiene y recibir al visitante como parte de la familia.
Más allá del impacto económico que pueda tener en el municipio, la visión de quienes sostienen esta celebración nunca ha sido el dinero. La verdadera ganancia está en preservar la cultura, en honrar a los viejos, en transmitir valores a las nuevas generaciones y en recordar que la identidad puertorriqueña también se construye desde los barrios, desde la tierra y desde la mesa compartida.
Escrito por: Erika Santiago
Entrevista por: Nicole Pérez y Erika Santiago























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