Edwin Alfonso: un océano de conocimiento
- cronicaeltesoro
- Sep 9
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Updated: Oct 10

Edwin Alfonso Sosa nació en agosto de 1967 en Quebradillas, en la costa norte de Puerto Rico. Desde niño supo que la curiosidad iba a marcar su vida. Criado por su madre, Ortencia Sosa, y con raíces que se remontan tanto a Quebradillas como a Aguadilla, por parte de su padre Osvaldo Alfonso. Creció en un entorno sencillo, pero rodeado de estímulos que lo llevarían a mirar siempre más allá del horizonte.
La escuela fue para él un territorio de descubrimiento. Pasó por varias instituciones, y en cada una encontró maestros que lo empujaron hacia la ciencia. Recuerda con cariño a docentes que lo inspiraron en astronomía, biología y física, en especial cuando tuvo acceso a un observatorio astronómico en la escuela superior de Quebradillas Juan Alejo de Arizmendi. Allí nació su primer amor: el cosmos.
De adolescente, Edwin se sumergió en ferias científicas. Sus proyectos sobre la actividad solar y las llamaradas del sol lo llevaron a ganar premios estatales y representar a Puerto Rico en competencias internacionales en Ohio (1984) y Louisiana (1985). Aquella experiencia le abrió las puertas a un mundo que parecía inalcanzable: conoció científicos de renombre, consejeros presidenciales y hasta figuras como Stephen Hawking, a quien recuerda haber visto pasar entre los pasillos.
Uno de los hitos de esa etapa fue recibir el prestigioso premio Westinghouse Science Talent Search, ahora conocido como el “Regeneron Science Talent Search”, una de las competencias más antiguas y reconocidas de Estados Unidos para estudiantes de ciencias. “Era como el Super Bowl de la ciencia”, recuerda. La experiencia le confirmó que su destino estaba en la investigación, aunque entonces pensaba que su rumbo sería la astrofísica.
Ese camino lo llevó al Recinto Universitario de Mayagüez, donde estudió física teórica. Pero la vida, y el mar, le tenían otro destino. Mientras practicaba “bodyboarding” en las playas de Guajataca, empezó a preguntarse si la física podía aplicarse al océano. La respuesta llegó en el Departamento de Ciencias Marinas de la Universidad de Puerto Rico, bajo la mentoría de Aurelio Mercado y Manuel Hernández Ávila, pioneros de la oceanografía física en la isla. Edwin se sumergió en esa disciplina y se quedó allí por casi quince años, entre maestría, doctorado y proyectos de investigación.
Su trabajo se enfocó en el uso de instrumentación para estudiar la luz en el agua, datos que luego calibraban imágenes satelitales y permitían observar el océano desde el espacio. Participó en proyectos con la NASA, en vuelos de los aviones ER-2 equipados con sensores de última generación, y estudió el impacto de los ríos Amazonas y Orinoco en el Caribe. Desde temprano, Puerto Rico estaba en la primera línea de esa ciencia emergente, y Edwin fue parte de esa historia.
Más adelante trabajó en el Naval Research Laboratory de Estados Unidos, una institución de prestigio en ciencia aplicada. Allí desarrolló métodos matemáticos innovadores para analizar señales oceánicas no lineales. Pero la satisfacción profesional pronto se topó con un dilema ético: la relación entre la investigación científica y los usos militares. Era la época de las protestas en Vieques por la presencia de la Marina, y Edwin sentía el peso de contribuir indirectamente a la maquinaria bélica. “Yo me repetía: neuronas para la paz, neuronas para la paz”, confiesa. Finalmente, renunció y regresó a Puerto Rico, donde enseñó física en la Universidad Interamericana hasta que una enfermedad lo obligó a detenerse.
Ese freno se transformó en oportunidad. Desde 2004 se dedicó a la divulgación científica con su proyecto Ocean Fish Education, escribiendo artículos, analizando datos satelitales y compartiendo conocimiento con el mundo. Pese a sus limitaciones de salud, siguió aportando: “Aunque estaba enfermo, pude contribuir a la oceanografía al nivel mundial… yo hice mi pedacito”.
En sus reflexiones, Edwin no se limita a narrar logros científicos. Habla con pasión sobre la relación entre el ser humano y la naturaleza, y advierte sobre las amenazas del cambio climático y la degradación ambiental. Insiste en la urgencia de proteger la costa de Quebradillas, un litoral de acantilados único y frágil. Denuncia la construcción desmedida al borde de los precipicios, el relleno de quebradas y el uso indiscriminado de pesticidas. Para él, cada árbol y cada arrecife cumplen una función vital en el equilibrio del ecosistema.
El calentamiento del océano le preocupa profundamente. Ha seguido de cerca el aumento sostenido de las temperaturas marinas en los últimos años, un fenómeno que, dice, no puede explicarse solo por “El Niño”. “El océano dirige… y el sobrecalentamiento del océano es un grave peligro para la humanidad”, advierte, recordando cómo tormentas como Fiona se intensifican por la temperatura acumulada en el mar.
Su mirada trasciende lo local y se conecta con el planeta. Para Edwin, el océano y el bosque costero son una misma red: “Yo veo del verde al azul, vamos por ahí juntos. Es energía que está fluyendo de aquí para allá y de allá para acá”. Esa visión integral lo ha llevado a defender la importancia de mantener zonas de amortiguamiento, preservar los bosques de acantilado y evitar que Quebradillas se convierta en un pueblo turístico, de cemento, sin cultura viva.
Hoy, con la serenidad de los años y el peso de la experiencia, Edwin sigue compartiendo su mensaje, aunque reconoce que ya no lo hace con la intensidad de antes. “Ya yo di la advertencia. Ahora está en los demás si quieren ponerla en acción”, dice. Aun así, insiste en la educación como el camino para las nuevas generaciones: aprender, cuestionar, buscar la verdad y actuar en defensa de la vida.
Como anécdota, recuerda el día en que una confusión entre el reloj y las estrellas lo llevó a llegar horas antes a su cita, confiando brevemente más en su alarma que en su capacidad para entender el cosmos. Desde ese momento, aprendió a confiar más en su sincronización con su alrededor, el mar y la tierra, entendiendo que en ese diálogo está la clave para nuestro futuro.
“Yo amo a Quebradillas”, nos dice con orgullo. Y en ese amor por su pueblo, por el océano y por la ciencia, se sostiene la voz de un hombre que dedicó su vida a estudiar, enseñar y advertirnos sobre la fragilidad e importancia de aquello que nos da la vida.
Entrevista: Nicole Pérez
Escrito: Erika Santiago
Entrevista Completa:




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