Entre el aula y telones: la vida de Áurea de la Cruz Rodriguez
- cronicaeltesoro
- Oct 24, 2025
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Updated: Oct 26, 2025

Las raíces y la infancia musical
Áurea de la Cruz Rodríguez nació en Quebradillas en 1937, en una casa donde la música era lenguaje y refugio. Desde pequeña, su vida estuvo llena de melodías: su padre Aristarco de la Cruz le hacía un escenario alto en donde subían por una escalera y el telón era una sabana en donde su familia creaban los mejores dramas de la calle en su tiempo. Su familia estaba regalada en talento, desde poetas hasta cantantes y músicos.
Para el corto tiempo que vivió en el barrio Los Cocos, Josefa Chavez Medina, amiga de la familia, la inspiró con sus relatos sobre la historia de Quebradillas y sus personajes más emblemáticos, como Rafael Muñoz, quien era su primo hermano. Rafael perteneció a “La Orquesta de Rafael Muñoz” y al grupo “Los Cuervos de la Noche”, Áurea recuerda con cariño la conexión musical que tuvo con el mismo.
Desde temprana edad, Áurea entendió que la música y la palabra podían ser puentes entre generaciones, y comenzó a crear pequeños recitales familiares y escolares.
La escuela elemental fue otro escenario de descubrimiento. Esta etapa formativa sembró en ella la semilla de lo que más tarde se convertiría en su vocación: enseñar y crear a través del arte.
La vocación: maestra, artista, creadora
Decidió estudiar educación en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, donde profundizó en pedagogía y técnicas de enseñanza artística.
Su trayectoría en la educación comenzó en la escuela de Charcas, un lugar al que, según recuerda entre risas, llegaba caminando porque le tenía miedo a los caballos. “Había que ir a caballo, porque eso es lejos, yo le tenía miedo, no había con quien ir, yo me tiraba a pie hasta Charcas”, nos cuenta. Después de una semana, fue trasladada a la escuela José de Diego, en San Antonio, y luego a la Ramón Ávila, donde permaneció entre cuatro y cinco años.
“Allí viví una experiencia muy bonita’’, dice con ternura. “En todos los sitios me he relacionado con la gente muy bien. Una gente muy amorosa, la de esa época…” recuerda con cariño. En especial, nos relata la historia de Doña Zika, quien cada mañana llegaba descalza a la escuela con un pequeño pote de café. “La adoré, y Dios la tenga gozando donde la tenga.”
Después de tantos años dedicada a la enseñanza, Aurea se retira culminando su carrera desde la oficina del superintendente escolar. Dando fin a una etapa que le regaló incontables recuerdos, amistades, y la satisfacción de haber moldeado las mentes quebradillanas a través del arte.
El teatro y la memoria de un pueblo
Hablar del teatro para Áurea era hablar de la vida misma. Su voz se volvía dulce y firme al recordarlo, y en un suspiro confesaba: “Ay, Dios mío... hablar del teatro es maravilloso. Es más, quisiera morir en una obra de teatro.”
El escenario fue su templo y su trinchera, el lugar donde se fundían arte, comunidad y fe. En él, no solo enseñó a sus estudiantes la magia de interpretar, sino también la responsabilidad de transformar. Participó de piezas inolvidables como La barca sin pescador, Tierra adentro y La casa de Bernarda Alba, esta última una de las más queridas por ella. “Me encantaría presentar a Bernarda otra vez”, decía con entusiasmo en su voz, recordando aquella interpretación que estremeció al público quebradillano.
Cada función era más que un acto teatral: era una causa colectiva. Con La casa de Bernarda Alba logró recaudar $10,000 para el Hospital Oncológico, un gesto que convirtió el arte en servicio. Áurea guardó cada carta, recibo y agradecimiento con el mismo celo con que custodiaba sus libretos, como prueba de que el teatro también cura.
En Tierra adentro, una de las producciones más ambiciosas, el escenario se transformó literalmente en un hogar: los estudiantes construyeron una casa dentro del teatro. La serenata de aquella obra aún vibra en su memoria. En colaboración se unieron varios quebradillanos compartiendo sus talentos musicales como el conocido Baby Luciano y Chinti.
El teatro, para Áurea, fue mucho más que entretenimiento: fue un acto de amor hacia su pueblo, una forma de unir generaciones y dejar huella. En cada aplauso resonaba la misma pasión con la que enseñaba, escribía y soñaba.
La campana, el legado y la voz que perdura
Entre los recuerdos más entrañables de Áurea está la campana de la Escuela Ramón Betances, símbolo de la historia y la vida escolar de Quebradillas. Cuando ella era niña, la campana marcaba los horarios y celebraciones del pueblo, y su sonido estaba íntimamente ligado a la rutina de la comunidad. “Cada vez que sonaba, era como si todo Quebradillas respirara al mismo ritmo, recordándonos quiénes somos y de dónde venimos”, recuerda Áurea.
Años después, ya como maestra de español de quinto y sexto grado, Áurea descubrió que la campana había sido retirada. El director de la escuela, quien sufrió un accidente que lo dejó con secuelas, había considerado el sonido molesto y la almacenó. Posteriormente, fue trasladada a la iglesia de Los Cocos, donde permaneció años sin regresar a la escuela.
Movida por la nostalgia y el deseo de devolver el símbolo a su lugar, Áurea enseñó a sus estudiantes el poema La Campanita de Amado Nervo y los inspiró a participar en la campaña para reinstalar la campana en la escuela…
“...Yo soy la que te digo: “Niño, despierta,
despierta, que los libros te aguardan ya”,
el sol de la mañana dora tu puerta,
¡din-dan, din-dan!...”
El 5 de febrero de 1986, escribió una carta dirigida a padres, exalumnos y maestros explicando la importancia de la campana y solicitando donativos para su restitución. Con la colaboración de la comunidad y la alcaldía, se recaudaron $2,900. La persistencia de Áurea y sus estudiantes logró que finalmente se comprara y colocara una nueva campana en la escuela, aunque no era la original que ella había conocido de niña.
Este esfuerzo se convirtió en una lección viva de compromiso, historia y cultura local. La campana no solo repica para marcar la hora: su sonido revive memorias, conecta generaciones y simboliza la pasión de Áurea por preservar la historia y el legado de Quebradillas.
Acto Final
La vida de Áurea de la Cruz se lee como una gran obra teatral, llena de actos donde cada escena reflejaba su pasión por enseñar y guiar. Como maestra en su querido Quebradillas, dedicó años a formar no solo las mentes, sino también los corazones de sus estudiantes. Para muchos, se convirtió en la figura de hogar que les faltaba, consciente de la importancia, como ella misma reconocía, de que los padres estén presentes para encaminar a sus hijos por el camino correcto, y siempre procurando ser ese apoyo cuando hacía falta. Hoy, en la madurez de su trayectoria, Áurea sigue siendo ejemplo de entrega y compromiso, una mujer que ha sabido transformar la vida de su comunidad con la misma dedicación con que se entrega como actriz a su papel, dejando un legado que sigue vivo en cada estudiante y en cada rincón de Quebradillas.

Aristarco de la Cruz:
Su padre Aristarco de la Cruz, fue una figura muy reconocida en Quebradillas, admirado tanto por su talento musical, como por su oficio artesanal. Músico de alma y ebanista de profesión, Aristarco conocido como el "Maestro del Cuatro" se destacó como un virtuoso del cuatro puertorriqueño, instrumento que no solo ejecutaba con gran maestría, sino que también construía con sus propias manos. Formó parte del conjunto Los Cuervos de la Noche, agrupación recordada por su gran música y sus presentaciones en las fiestas de pueblo. Aunque algunos aseguraron que él dirigía el grupo, Aurea siempre lo ha puesto en duda, ya que recuerda a su padre Aristarco como un hombre tímido. En su hogar, especialmente en tiempos de navidad, era común ver llegar músicos de dentro y fuera de Quebradillas para compartir parrandas, música y alegría. De la Cruz, aún hoy, es recordado con respeto entre quienes conocieron su talento y nobleza.

Samuel Ruiz Alvarez:
Samuel Ruiz Álvarez, esposo de Áurea de la Cruz, fue un maestro profundamente querido en el pueblo de Quebradillas, recordado por su inteligencia, su humildad y su gran sentido de vocación. Su vida estuvo marcada por desafíos desde temprana edad: perdió a su madre siendo apenas un bebé y su padre no pudo criarlo. Tampoco contó con el apoyo de sus hermanos, pero una mujer mayor lo acogió con bondad y lo cuidó con humildad hasta que, lamentablemente, falleció cuando Samuel tenía solo diez años. Desde entonces, creció solo, enfrentando la vida con una entereza admirable.
A pesar de no haber contado con recursos ni educación formal más allá de la escuela elemental, aprendió a leer por sí mismo con un Nuevo Testamento que encontró guardado en una maleta. Esa curiosidad y determinación lo acompañaron toda su vida, llevándolo a sobresalir por su talento natural para las matemáticas. Su esfuerzo fue reconocido con una beca de la Fundación Nacional de Ciencia para estudiar en el Colegio de Mayagüez, logro que marcó el comienzo de una trayectoria admirable.
Además de su paso por el magisterio, donde dejó una huella profunda como educador, Samuel también fue veterano del Ejército de los Estados Unidos y desempeñó diversas labores con compromiso y orgullo. También se destacó como principal y superintendente escolar, cargos desde los cuales sirvió con gran compromiso a la educación del pueblo, además de ser un ferviente cooperativista, siempre orientado al bienestar colectivo y al desarrollo de su comunidad. Áurea lo recuerda como un hombre noble, sabio y trabajador, alguien que nunca permitió que las dificultades definieran su destino. Su vida es testimonio de cómo la resiliencia, la fe y el amor por el conocimiento pueden transformar incluso los comienzos más duros.
Entrevista: Nicole Pérez
Escrito: Erika Santiago
Entrevista completa de Áurea de la Cruz (Audio):









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