top of page

"El mes que la lluvia hizo durar más de un mes"

  • cronicaeltesoro
  • Jun 23, 2025
  • 3 min read

Updated: Jun 25, 2025



Las primeras gotas cayeron disimuladas. Fue un día de mucho sol y poco viento, fue un día antillano. Las hojas se tostaban bajo la mirada incendiaria y se desprendían como peñones; sin gracia ni ballet, casi quebrándose al impacto contra el suelo. Hasta las sombras de las palmeras se escurrían buscando refugio debajo de la tierra. Hasta los machangos jadeaban. Todos nos deslizábamos por las calles dejando pedazos derretidos pegados a las aceras. Crujía el quemar del cuero. Pero de repente la llovizna. Cayó tímida y suntuosa al principio, probando su suerte a tientas y haciéndose lengüita de vapor al instante. Todos la notamos y todos la ignoramos creyéndola algún truco o un fallo de los nervios deshidratados, pero apretó. Todos miramos hacia arriba con escéptica ironía esperando ver a un anciano escupiendo desde el balcón o, en el peor de los casos, una bandada de palomas, pero no... era un susurro gris de nube que empezaba a precipitar sobre nosotros y prometía crecer.


Y creció, todos estuvimos de acuerdo en que lo hizo incluso más de lo debido, como crece la avalancha de un copo. Se llenó aquello de agua, un agua de gran densidad y apestosa turbiedad que se nos coló en casa enfunchándose en el cartón prensado, flotando las alfombras. Todos con baldes arrojando por ventanas el enchumbe que dejaban pasar las puertas. Todos. Se hicieron esfuerzos desesperados por conservar alguna gota de esperanza dentro de aquel océano polizón. Chapaleteaba al empapar el cuero. En los baños amontonamos a nuestros muertos, amarrados de los tobillos a la tubería del lavamanos para que no se nos escapasen a navegar junto a otros peces. Tan preciosos, parecían suspendidos en el aire, parecían las bombas que quedan amarradas al espaldar de la silla días después de un cumpleaños. Se hizo otro esfuerzo desesperado de aguantar las lágrimas, por eso de no aportar al inunde y nos arropó un duelo sigiloso que sonaba a oídos tapados, un silbido lejano con la risa de nuestros muertos… nos empezamos a ahogar por dentro. Pronto sospechamos que de nada valdrían más esfuerzos y una noche fría, con la inundación al cuello, aceptamos el diluvio como parte de otra lucha cotidiana, como la mala cara de un dios que castiga a su pueblo; un simple reguero del tiempo. Al reloj de pared se le sellaron en moho las manecillas y al de arena se le obstruyó el vientre con bache, no se sabía ni la hora que era ni el día que pasaba. ¿Qué pasaba y qué pasó?, que, de tanto derramarse la copa, se obstinó la adaptación al nuevo enjuague y entre el hampa lo adoptamos como propio... algo que abrazar y de lo que sostenerse. Otra estrella en nuestra bandera.


Los algodones de carboncillo nos arroparon tan por dentro que cuando al fin salimos, salimos del ahogo con las venas templadas. Tornamos la religión del cielo al suelo y congregamos en los techos el rezo a la alcantarilla, a su divino estancamiento que nos permitió ver el reflejo del alma real en la superficie del aguacero; un rostro ondulado y agujerado por el temporal, el rostro que nos merecemos y que solemos esconder. Escribimos salmos y misterios con las yemas de los dedos arrugadas, despidiéndonos, evangelizando, ungiéndonos en los aceites del diluvio. Solfeaba el santiguar del cuero. Así que cuando se despejó aquella nube ni lo procuramos, ni nos dimos cuenta por muchísimo tiempo que ya el sol nos curtía la nuca. Es una rareza abandonar ciertas costumbres cuando se pasa de la supervivencia a la cotidianidad. Hasta niños pez nacieron ese mes y nadie supuso nada. Niños que después hubo que criar en peceras, educar en peceras, enterrar en peceras. Se cree que el buche del manatí se hace cuerda vocal a la semana de encallar, terrible aprende a sonear y a maldecir como aprendimos nosotros el nado y el burbujeo en aquel mes de lluvia tan sabio, tan hediondo, tan bello… y tan, pero tan largo.


Autor: Thauma Cenicida (Derek Jesuam)



Comments


bottom of page