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Buey hermano

  • cronicaeltesoro
  • Oct 30, 2025
  • 4 min read


 

Levántate buey hermano,

Tenemos que trabajar.

Sabiendo que es Viernes Santo

No nos dejan descansar.

 

 

Para el año en que se comienza la construcción de la rústica iglesia católica de mi pueblo, requisito indispensable para la fundación del pueblo, ocurren los hechos que aquí narramos.


De entre la escasa población que en aquellos lindes vivía, ya se comenzaban a destacar algunas familias como familias de primera. Entre éstas se encontraba la muy distinguida parentela cuyas propiedades se inclinaban hacia el sector de San José. La entrada y salida al pueblo por aquel flanco estaba franqueada por el molino de caña de azúcar que se encontraba anclado justo allí, como referente de progreso y caudal. Orgullo de algunos, ente punitivo para los más.


El molino había sido diseñado y construido con los elementos más modernos de la época. Se había superado lo de las dos masas y el Matagente. El trapiche constaba de tres rodillos de madera noble que giraban sobres sus propios ejes, impulsados por bueyes de buen ánimo que no cesaban en su pausada caravana circular. Ese trapiche de sangre no era otra cosa que una enorme noria de bueyes que solo se detenía para la muda de una yunta fresca.


 La moderna instalación era de tipo tren jamaiquino, con sus pailas muy bien dispuestas, corriendo de mayor a menor hasta llegar al tacho, último reducto de la muy estimada cachaza. Las montañas de bagazo se hacían más que evidente; denunciaban la intención de una agotadora faena.


La cabeza de la familia dio órdenes muy precisas y claras a Agripino, esclavo bozal de origen Mendé -sabio en su propio caldo, quien era como significara su nombre: fruta salvaje- de que antes de clarear el día se comenzase con la molienda, habiéndose dispuesto tres yuntas de bueyes de los de mayor rendimiento, de modo que la molienda no cesase en momento alguno y, suficiente mano esclava para que la labor llegara a su término sin reposo.


Agripino, como juicioso cristiano converso -aunque solo para los dueños- quiso advertir al patrón de las celebraciones que se llevaban a cabo aquel viernes 28 de marzo. El Dueño, dio la espalda a su siervo, ignoró sus advertencias y prosiguió con su teatral agenda.


El Don quería que él y su familia, quienes sentían que ya en la vida terrenal lo tenían todo resuelto, pudieran ocupar lugar de privilegio en la improvisada ermita. Entendía que de ese modo habrían de ganar importantes y necesarias indulgencias, cédula indispensable para lograr acceso al paraíso prometido.


El Patrón y su familia, vistiendo sus mejores galas y con coreografiados modales, partieron desde muy temprano hacia el ensayo de plaza, de modo tal, que todo el que llegara para las celebraciones tuviera que reparar en la tan bien dispuesta y distinguida familia. Todo transcurrió según planificado por el connotado Caballero, se le dio reverente saludo a todos los devotos, con especial dignidad y exageradas reverencias, al alcalde, los miembros del cabildo, autoridades eclesiásticas visitantes y, al cura párroco, quien en lo sucesivo habría de ser confidente y partícipe de las intimidades de aquella familia.


Habiéndose celebrado, en estricto rito apostólico, la Liturgia de la Palabra y luego de haberse postrado el cura, rostro en tierra, habiéndose dicho el Sermón de las Siete Palabras, mientras la feligresía guardaba respetuoso silencio, como a eso de las tres de la tarde, sin advertencia alguna, se descuartiza el ambiente solemne con el furioso eco repetido de un ensordecedor gemido, ocasionando el tañido autónomo de los cencerros de la ermita, es ahí donde surgen los gritos desgarradores que denuncian fuego, fuego, fuego.


Se levantan los rostros penitentes sin atinar a comprender lo que sucede. Se violan los santos ritos, corre la congregación despavorida, se ignora todo pudor o reverencia hacia el prelado local, la visita eclesiástica o lo que ellos representan.


 Ya la humareda cubre buena parte del caserío, corren todos en frenética procesión hacia la fuente de los humos y las explosiones. Una vez allí se encuentran que el ingenio está irremediablemente envuelto en largas y poderosas lenguas de fuego, el ganado desperdigado en los cercados vecinos, la peonada absorta, con miradas vidriosas, de hipnotizados; incrédulos.  Entre ellos y para ellos, repiten un susurro, algo indescifrable, algo que suena como un mantra.


El Dueño y Señor del ingenio de inmediato se enfrenta al fiel Agripino increpándole de modo agresivo, casi acusándole, buscando hacer a algo o a alguien, responsable de lo sucedido. Su gloriosa gesta calcinada, no, no puede ser. 

El colosal Agripino, mostrando los músculos tensos de su mandíbula, resiste la tentación de reaccionar a lo que profiere el Amo y, sin levantar su mirada, con espasmódica calma, se limita a narrar lo sucedido ante la expresión de terror e incredulidad de sus pares, quienes proseguían con su opaco y sordo murmullo, sonsonete que hacía de fastidioso, pero solidario coro.    


Dijo el buen Agripino que, justo antes del cataclismo, se había cerrado el cielo bajo un manto muy oscuro y denso, seguido de un fuerte viento seco de huracán. Tembló la tierra con el bramido del eco grave de un tronazo, de pronto, se abrió un camino de luz muy brillante en el cielo y, como disparado por un cañón, calló sobre el cobertizo de las pailas un becerro burlón, infernal, envuelto en llamas voraces que lo consumieron todo. Con su impacto derrumbó la chimenea con tal fuerza, que algunos de los ladrillos, como una granizada, todavía se oían caer sobre techos y charcas aledañas.


 Agripino le mostró al dócil buey Careto, cabestro que justo antes de lo sucedido - por vez primera en su largo traquinar -inmediatamente antes de la hecatombe, se había resistido a seguir con las labores postrándose y que todavía permanecía arrodillado, sin dar más señales de vida que un imparable babeo y un angustioso resollar.


Inconforme, muy frustrado con lo que hasta ahora sin lograrlo ha querido explicarse, el Amo se acerca presuroso al animal, le mira incrédulo, con ojos de acusador, con fastidio, mientras Careto le mira con su acostumbrada mirada de total inocencia, pidiendo misericordia, rogándole ayuda, como si se encontrara en la arena, enfrentando a su matador…

 

Dobleú Socio


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